sábado, 11 de marzo de 2017

Buen día



Dicen que el viento va a cambiar y que lloverá; resulta difícil de creer, ahora el día es espléndido.

Estoy aquí, sentada bajo el Árbol Sabio. De vez en cuando acaricio su tronco con mis dedos, cuidando que nadie me vea, no vaya a ser que piensen que estoy un poco loca. El Árbol Sabio es grandísimo; extiende sus ramas ahora todavía desnudas y el sol a su través dibuja mosaicos imposibles en la hierba. Tiene el Árbol Sabio dos hermosos ojos redondos y somnolientos, semientornados, incrustados en su corteza que miran impasibles la pradera; creo que contemplan, como yo, al grupo de niños que juegan en la hierba. Está acostumbrado a sus voces y disfruta viéndoles corretear a su alrededor, ligeros como gorriones, felices sin tener conciencia de serlo.

Dicen que el Árbol Sabio es un experto en contar historias, pero yo creo que sobre todo lo es en escucharlas: solo los sabios saben escuchar, es bien difícil. Claro que, si le formulas una pregunta él suele responder, solo es cuestión de aprender a descifrar sus señales. Tampoco es fácil. Alguien ha dejado a sus pies un pequeño ramo de flores; están ahí, protegidas, en una pequeña oquedad que las raíces conforman antes de esconderse y tejer su silenciosa red en la tierra oscura y fértil. Llevarán allí unos días porque las corolas violetas y blancas de las flores han perdido en parte su brillo y su textura, agachan sus cabezas cansadas ofreciendo, sin embargo, todavía su hermosura. ¿Quién o quiénes y por qué se acercaron hasta aquí y depositaron el pequeño ramo…? Vete a saber, pero es seguro que en nombre de algo o de alguien que aman mucho: no se ofrecen flores a quien no se quiere…Aunque, bien mirado, tal vez sí existan ramos de flores que oculten traiciones, del mismo modo que los besos que no besan piel alguna sino al aire…

La pradera está salpicada de margaritas: ¡qué bonitas son! Es la única flor que me atrevo a dibujar: una cabecita amarilla rodeada de una diadema de pétalos blancos, pequeñitos, idénticos y ¡ya está! Así de simple…Recuerdo cuando de niña fabricaba con ellas, engarzando sus endebles tallos, pulseras y collares; luego me apenaba comprobar cómo se marchitaban en un corto periodo de tiempo. Ahora me complace mirarlas, de vez en cuando arranco una y jugueteo con ella para terminar ajándose olvidada en algún bolsillo.

Sentado en un banco al sol un hombre mayor lee el periódico; por el sendero que rodea a la pradera pasa un joven canturreando al son de sus auriculares, lleva un perro enorme prendido de una correa, el animal se detiene y menea su rabo saludando así a Nola, mi perra, que dormita hecha una rosquilla a mi lado; ella no se muestra muy interesada y apoya su cabeza sobre mi pierna, “déjame de líos”, parece decir. Pasa ahora ante mí una madre empujando el carrito de su bebé, sonríe levemente, se agacha y recoloca despaciosa la mantita ligera que abriga al pequeño; le sigo con la mirada y sonrío yo también porque sí.

Porque hoy todo está bonito, desde el aire que me envuelve, hasta el sol que nos ilumina; desde el suelo firme sobre el que estoy sentada, hasta el tronco cálido en el que apoyo mi espalda; hermosa la hierba verde con su mosaico de sombras y las pequeñas margaritas que conversan entre ellas despreocupadamente; bendita la calma que me transmite el peso de la cabeza de Nola y bendita la alegría chispeante de los gorriones que ligeros saltan de rama en rama encima de mi cabeza…Así que escucho al Árbol Sabio sin formularle pregunta alguna y es él quien me confirma que sí, que tal vez cambie el viento y llueva, y que seguirá siendo a pesar de todo un buen día

Lamento no enseñaros el Árbol Sabio:  estoy apoyada en él, os desea un buen día.

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